Lo que hoy nos une, es también lo que nos separa, lo que nos hace más fuertes es nuestra mayor debilidad y es, sabernos “vulnerables”.

La etimología de la palabra vulnerable o vulnerabilidad proviene del latín, vulnus, que significa herida. Ser vulnerable quiere decir “que puede ser herido o dañado”.  

Caer en la cuenta de nuestra propia vulnerabilidad es un duro despertar del sueño de la omnipotencia en el que estábamos inmersos. Vivíamos una vida llena de cosas, pero vacía de ser. La palabra vulnerabilidad la empleábamos sólo para las personas o colectivos que creíamos que realmente lo eran, ¡pobre gente!, gente pobre. Pero nosotros nos sentíamos seguros y poderosos. Un microscópico virus que no entiende de clase social, origen o género, de repente, nos hace ser conscientes de que somos iguales e interdependientes.

También es cierto que, los que siempre parten con desventaja en nuestra sociedad sufren más las consecuencias de cualquier crisis, por eso, es más importante que nunca empeñarnos en hacer realidad el mantra de la Agenda 2030 “No dejar a nadie atrás” y que ninguna persona valga más o menos que otra.

Esta crisis global está haciendo que aflore lo mejor y también lo peor de los seres humanos.  Estamos viendo como una situación extrema e inesperada como la que estamos viviendo provoca que nuestros instintos más primarios, como puede ser el de la supervivencia, afloren haciendo que un impulso egoísta nos domine. Hemos llegado a mirarnos como extraños, como una amenaza o incluso como un rival, ante la posibilidad de salvar la vida, como cuerpos portadores de patógenos de los que huir y de los que protegerse.

Puede que, por el camino de la búsqueda de una cura para este virus, encontremos sin darnos cuenta la cura para una sociedad que estaba enferma de individualismo y que empieza a ver en el otro a un igual.

Si algo nos muestra esta crisis es la superioridad de lo humano frente a lo artificial. Afrontamos la situación asistiendo a una gran impotencia tecnológica, pero a un gran triunfo de lo humano, un momento en el que la solidaridad, la corresponsabilidad y la generosidad aparecen como los remedios más eficaces de esta pandemia.

Es momento también para reflexionar sobre lo que nos hace humanos, sobre lo que es ser persona. Como afirma Spaemann (1997) “La persona no es un sinónimo del concepto de especie, sino, mas bien, ese modo de ser con el cual los individuos de la especie «humana» son. Ellos son de tal modo, que cada uno de esos existente, en esa comunidad de personas que llamamos «humanidad», ocupa un sitio único, irreproducible y no susceptible de sustitución”.

Partiendo de este concepto de persona, podemos afirmar que no se trata sólo de sobrevivir como especie, sino de aprender a ser verdaderamente personas, aprender a ser más humanos con todo lo que eso significa. Puede ser un buen momento para revisar y completar la definición de desarrollo sostenible que, tal vez, es poco exigente para construir la sociedad que queremos y mirar al futuro entendiendo que es más importante legar a las próximas generaciones un mundo más pobre de dinero y cosas, pero más rico en humanidad.

Puede que sea poco lo podemos hacer para cambiar una situación como la que vivimos, casi nada podemos hacer para cambiarla, pero sí podemos cambiarnos a nosotros mismos, tal como afirmaba Viktor Frankl en su libro sobre la supervivencia en un campo de concentración. No podemos parar la pandemia, pero sí podemos elegir nuestro papel en ella, dependiendo de si nos ha tocado estar en primera línea, o simplemente esperando con paciencia y responsabilidad. Siempre podemos ofrecer lo mejor de nosotros y tratar de fortalecer aquellas virtudes que nos hacen mejores personas.

No sé si el mundo volverá o no a ser el mismo, solemos volver a las andadas y tropezar con las mismas piedras. No tengo esperanza en la memoria del pasado, pero sí en el poder transformador de la propia experiencia. Es momento de intimidarnos y preguntarnos, qué clase de persona queremos ser y en qué mundo queremos vivir.

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